Somos humanos y, como tal, solemos comparar nuestra vida con la de aquellos que nos rodean. Frecuentemente -más de lo que debiéramos- nos preguntamos por qué no nos parecemos a esa vecina tan zen, a la compañera de trabajo tan competente o a esa amiga que parece tener una vida de película. Incluso nos atrevemos a cuestionar la razón por la que no tenemos una vida o un trabajo como el de aquel conocido que vemos muy ocasionalmente pero que seguimos fielmente a través de las redes sociales.
Gracias al social media, estamos constantemente bombardeados por preciosas imágenes de maravillosos viajes por lo largo y ancho del planeta, bodas de ensueño -con preparativos sin estrés incluidos-, fiestas chic, vestidazos de graduación, maridajes gourmet, reformas de hogares [nivel revista de diseño] sin una mota de polvo…
Felicidad, equilibrio y carpe diem a raudales que nos hacen sentir desdichados y celosos. Una envidia que nos crea la necesidad de querer parecernos a los demás, pues pensamos que nos hará más felices. Y no es así.
Me apuesto un Chanel 2.55 -sí que he arriesgado, ¿no? – a que no tenéis ningún amig@ que lo “tenga todo”. Y, aunque parezca que así sea, nunca sabréis si mañana puede perderlo.
Haciendo una retrospectiva, he de confesar que es cierto que alguno de mis amigos tiene piezas de lo que considero una “vida perfecta” pero no encuentro a uno sólo que pueda componer todo el puzzle.
La envidia no sirve para nada bueno. Es como intentar tener el cuerpo de una reconocida modelo en una imagen de catálogo hiper-photoshopeada. En este sentido, nos obcecamos en conseguir algo que ni la persona más afortunada del mundo podría alcanzar y estamos demasiado “nublados” como para disfrutar de las maravillosas aptitudes que tenemos. Qué lamentable sería no reconocer nuestros propios triunfos porque estamos demasiado pendientes de la gloria de los demás, ¿no os parece?
Así, compararse es perjudicial para nuestra salud porque hace que no nos sintamos suficientemente competentes. Cuanto más lo hagamos más estamos infravalorando lo bueno que hay en nosotros y más dificultades tendremos en ver lo maravillosos que somos tal y como somos.
Comparación vs inspiración
Por último, me gustaría que no confundiéramos la comparación con la inspiración. Bajo mi punto de vista, es normal inspirarse de cosas que vemos y personas que conocemos pero no es saludable cruzar la fina línea que separa ambos conceptos.
Machacarnos y considerarnos menos que otros porque no nos parecemos a ese ideal que tenemos en nuestras cabezas es peligroso.
Siempre habrá personas en el mundo que tengan más o menos que tú, que sean mejor o peor que tú en algo e incluso que tengan cosas que quieres. Pero, ¿qué necesidad hay de compararse? Cada vida es única. Nuestros esfuerzos y logros son nuestros y eso es lo que deberíamos recordar y estar orgullosos.
